Evocación.

Calafell

Eran  días grises de principios del otoño, octubre de 1969 en una playa del bajo Panadés tarraconense; Calafell, también famosa por su carnaval, además de por sus els castellers.

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Nada; ni el carnaval ni los castellers, nos llevaron a aquel placentero lugar. Diego y yo acudíamos allí convocados por Manuel Alorda Escalona hijo de los propietarios del Gran Hotel Alorda en Calafell. Desde joven, Manuel Alorda se dio cuenta de que el negocio hotelero de su padre no sería suficiente para que vivieran de él los padres y seis hermanos, y en 1961 pidió un préstamo al progenitor y montó un camping, y seis meses después, empezó a construir una urbanización, Alorda Park ; «Soy muy inquieto e independiente, nunca fui buen estudiante, pero hablo cinco idiomas.» Conoció a una turista holandesa,  Anneke Derksen, en Calafell que se acabaría convirtiendo en su esposa.

Manuel Alorda solía rememorar los comienzos de KETTAL; «Mi futuro suegro tenía tiendas de deporte en Holanda, y en un viaje le acompañé a Alemania a comprar muebles de camping.» Era 1966, y la charla con el proveedor en cuestión, Kettler, acabó en la creación de una sociedad conjunta, Kettal (de Kettler y Alorda), para
fabricar en España. Se
iniciaba entonces  una apasionante aventura empresarial;  KETTAL (Kett- alorda) que en poco tiempo se convertiría en la líder nacional y europea de fabricación de muebles de camping/playa primero y de terrazas después.

Kettal Anneke Derksen  Manuel AlordaMatrimonio Alorda-Derksen

Era, pues mi bautismo empresarial en una Convención nacional de delegados regionales  de KETTAL a la que asistía acompañando a mi hermano Diego que en 1967-68 había sido nombrado delegado para Andalucía occidental de la prestigiosa firma de muebles.

Calafell 1969 .0037 Calafell.1969.0037 Convención Kettall 1969

Concluidas  las reuniones de trabajo, la tarde noche se hacía insufrible en un hotel de playa donde los huéspedes éramos el grupo Kettal y poco más. Me aburría el poco ambiente y mientras Diego en cambio, aprovechaba para tocar el viejo piano colín que había en el rincón del decadente «salón de baile», del hotel.

Hubo un momento que dejé de oír el piano. Me asomé a la solitaria estancia  contemplé como Diego;  tomó unos papeles de recepción, sacó su estilográfica Montblanc y abstraído en lo suyo, fue alternando compases y notas arrancadas del teclado con anotaciones escritas…

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Evocación 

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