Don Américo
Al final de los cincuenta, principios de los sesenta del pasado siglo, años de la Academia para muchos de nosotros, salesianos de Alcalá y Utrera, jesuitas de Villafranca y el Palo de Málaga, Irlandesas de Castilleja para los menos, conformábamos una pandilla de muchachos y muchachas que en paralelo con nuestros hermanos mayores y menores conformábamos pandas que juntos disfrutábamos de unas vacaciones inolvidables; paseos nostálgicos de inicio del otoño por el Puente Nuevo, guateques de vacaciones navideñas, «paseos a las huertas» en la Pascua de Pentecostés, cines de verano en la «Plazalostoros» y el cine «El Pollo», bailes con los «Stuckas» en la Feria y guatecazos.
Dos fechas eran señaladas entre nosotros; el 2 de enero y un guateque en verano, ambas en la casa, doble, de la familia Santos Bonaños. Jesúsmari y Margaritamaría eran los de nuestra pandilla, Amparo y Ameri, de los mayores y más pequeños respectivamente.
Amparo y Don Américo, los padres, se convertían en nuestros magníficos anfitriones. Próximos; afable y cariñosísima ella, melómano, ameno, divertido y conversador él.
Para nosotros Don Américo se nos mostraba casi como uno más. En su «Stereo Hi-Fi» , nos mostraba sus dotes de «pincha discos» abriéndonos su para nosotros, entonces, magnífica discoteca.
El momento cumbre de aquellas veladas inolvidables llegaba cuando Don Américo hacía sonar en el picú; Balada triste de trompeta, El Silencio, etc. de Rudy Ventura, entre otros, y sacando del estuche su trompeta reluciente, gafas al filo de la nariz, brazos en alto y labios apretando la embocadura de la boquilla, la hacia sonar sobre la melodía que se estaba reproduciendo.
Jugador de tenis casi hasta el final de sus días, hizo que además de a sus hijos, muchos valverdeños se iniciaran en ese juego en el áspero cemento de «la pista» de la casa del Jefe de Estación.
Don Américo trasmitía templanza y afabilidad, siempre de corbata, pantalones y chaqueta de sport a pesar de su «habla de afuera», su aparente timidez se escondía tras el recurrente recurso de meter las dos manos en los bolsillos del pantalón, nada más comenzar a hablar en público.
Tenía un coche, un Austin negro, dispuesto para devolver a sus hijos cada inicio de trimestre al Madrid de sus estudios, como anécdota recuerdo que no siempre salía el día previsto.
Para nosotros fue; Don Américo, sirviendo en este caso el tratamiento, don, como próximo más que distante. Después vino su etapa, larga etapa, de Alcalde y el «don» se cayó para muchos, cosas del marketing político (?) , en algunos casos, en otros, ya sabemos, tal vez aquello del; «don Cristóbal ¿está por ahí Medina?», valverdeño.
A mi siempre me llamaba Andresillo. Así me saluda en el final de este vídeo cuando junto a Amparo, su mujer, y otros amigos abandona el salón de actos de la Casa de la Cultura.

Me ha gustado mucho Andrés .Un abrazo