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“VALEU a PENA” o “Vale la Pena”

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“Una mañana, estando en casa, sonó el teléfono y contesté…; Era una voz, en español, la que al otro lado del hilo… contó; hace un tiempo, en Lisboa, una noche de fados, oí cantar un fado que me encantó…pregunté por su autor …y pude lograr su número de teléfono… 

Estoy empeñado en grabar su fado “Valeu a pena”, en español  y para ello desearía su consentimiento para tener “Vale la pena” en su versión autorizada en español…

É razoável (está bien), respondí ; Mas a primeira grabela em espanhol, envia-me, e se é bem cantada, então… (pero primero, grabela en español, me la envía… y si está bien cantada, entonces…

E…¡ ele cantou bem, ele cantou bem! (Y… ¡la cantó bien, la cantó bien!)

Valeu a pena, fue compuesta por Mario Moniz Pereira en 1954  siendo de las más de 100 composiciones de Moniz Pereira, una de las más populares versionada por 18 interpretes de Portugal, Brasil y la versión en español de Diego Romero Álvarez de 1974.

Mario Moniz, como Diego Romero no era músico, ambos tocaban el piano de su casa familiar de oido. El profesor Moniz, gran amante del cine aprendió a tocar de oido los más famosos temas de películas pero un día, desde una ventana en un paseo lisboeta, oyó como alguien al piano interpretaba un fado. Corrió a casa y no descansó hasta lograr tocar ese fado en su piano.

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Mario Moniz Pereira

Noventa y cuatro años de edad, nació el 11 de febrero de 1921. Hace dos años, con motivo de un homenaje que el Sporting Club de Lisboa le hacía, en una Casa de Fados de Alfama, para celebrar su larga trayectoria como uno de los mejores deportistas de Portugal a lo largo de su dilatada vida.

El profesor Moniz Pereira se dispuso a cantar una de sus más celebradas composiciones; el fado “Valeu a pena” (autor de letra y música) para complacer las peticiones de los asistentes, fue entonces cuando saltó la anécdota que acabo de reproducir al principio de mi entrada.

Veamos el vídeo con las dos versiones; la de su autor y la versión autorizada en castellano de Diego.

La maldita costumbre de cantar (*)

“Un cura trajo a la Antonia

Y otro cura la tomó

Cada cual tenga la suya

Que también la tengo yo…”

Después de 1765 la copla superó en protagonismo al baile. Primero, se convirtió en instrumento de lucha de los bandos que pugnaban por el control de las elecciones de diputado y síndicos personeros del común. Más tarde, se volvió contra los responsables de su aterrizaje en la escena política. Quienes en su afán por dominar los municipios se habían valido de las cuadrillas para denigrar a sus opositores acabaron por convertirse un decenio más tarde en sus víctimas. Las letras de las coplas, consideradas hasta entonces medio necesario para denunciar los abusos de poder, devinieron “abominables atentados” contra la honorabilidad de la “gente de buena condición“. De ahí que quienes tocaban poder, asustados ante la posibilidad de convertirse en objetivo de las cuadrillas, se propusiesen acabar, no ya con la copla, sino con la “maldita costumbre de cantar”.

Las reformas de Campomanes convirtieron la canción popular en elemento de confrontación. La elección de los nuevos empleos dio lugar a la formación de grupos manipulados por oscuros personajes, “causantes de “graves escándalos entre los vecinos, disensiones y discordias”.

El voto se convirtió en una mercancía que se compraba con promesas de trabajo y regalo de productos de primera necesidad. El clero tuvo fuerte presencia en la manipulación de las elecciones. Algunos eclesiásticos se convirtieron en dueños de los pueblos y responsables de enfrentamientos políticos.

En 1768, Valentín González, un vecino de Jabugo, se querelló contra el presbítero José Romero “por haber movido graves escándalos … captando a electores de diputado de abastos y síndico personero para que eligiesen parciales de dicho eclesiástico … y fijar varios libelos difamatorios en las puertas de muchos vecinos (en los que) difamaban a las personas y familias más distinguidas en las cosas de mayor gravedad” (AOH Leg 316).

Don José, pariente de los alcaldes de la villa, fue “cabeza de bando” en las elecciones a diputados y síndico del común. Sus métodos diferían poco de los que utilizaron un siglo más tarde los caciques de la Restauración. Presionaba con argumentos morales a los vecinos para que decidiesen los electores “a su devoción”, facilitaba a los votantes papeletas con los nombres de sus candidatos y en ocasiones agradecía el voto con dinero o la condonación de deudas.

El cura fue autor de pasquines que fijaba en las puertas de sus opositores, “descubriendo defectos de sangre o vicios”. En esta tarea le ayudaba una cuadrilla de mozos con la que rondaba el pueblo de noche. El contenido de sus libelos era tan popular en Jabugo que “hasta los niños los publican”, una expresión que hace pensar en la utilización de menores para cantarlos. El querellante acusaba al clérigo de “haber encendido un fuego muy fuerte” y de dividir el pueblo en dos bandos.

En la década de los setenta, las cuadrillas, alertadas del poder de la copla, la emprendieron contra estos oscuros personajes. Una boda interesada o sus amancebamientos eran ridiculizados en sus letras y denunciados como exponentes de la sinrazón de “eclesiásticos y seglares distinguidos”. Las autoridades trataron de frenarlas con Autos de Gobierno y penas de prisión.

En 1773, Callejas, Cruz, Sánchez Moya, García Caballero, García de la Santa y Caballero Bolaños, eclesiásticos de Valverde, impresionados por el caso de una mujer a la que los mozos habían dedicado algunas “coplas ofensivas“, exigieron a Francisco de Solís, arzobispo de Sevilla, que reclamase a las autoridades más celo en la vigilancia de los “excesos“. El prelado no contestó la carta, una omisión que los eclesiásticos atribuyeron a sus numerosas preocupaciones. El último firmante del escrito, el vicario Caballero Bolaños, fue una de las primeras víctimas de “las abominables coplas“.

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El veinticuatro de octubre de 1773, los alcaldes de Valverde publicaron un bando precedido de algunas consideraciones sobre el malestar creado en el pueblo por los cantares:

De algunos días a esta parte han sido repetidas las quejas con que se han lamentado ante sus mercedes distintos sujetos de este pueblo de la primera distinción, así del estado eclesiástico como del secular, e igualmente varias mujeres honradas, mozas y casadas, pidiendo y suplicando se castigasen con las correspondientes penas a varios hombres de este pueblo que andan todas las noches por las calles públicas, desde prima noche hasta el día, en cuadrillas diversas de diez personas y aun de más, cada una cantando distintas y repetidas coplas incesantemente, las más abominables y escandalosas que jamás pueden haberse oído, lastimando en ellas atrevidamente a varios sujetos, con denominación de individuos, con la honra, nacimiento, vida y costumbres, así de señores eclesiásticos como de seglares distinguidos, mujeres casadas y doncellas, con cuyo motivo se halla el pueblo perturbado, escandalizado e inquieto clamando a una vez por el castigo de semejante atrevimiento y osadía a vista del temor y horror que les ha causado lo torpe de los cantares en que se han cometido muchos pecados públicos de que tanto se ofende la majestad de Dios Nuestro Señor y deseando Sus Mercedes evitar tan perjudiciales daños, que cesen tantas maldades, que no se originen otras malas consecuencias y que esta república goce de paz y quietud, acordaron publicar este Bando” (AOH Leg 525).

El texto endurecía extraordinariamente las penas. Toda reunión nocturna y callejera de más de dos personas era considerada delito, aunque se celebrase con fines “honestos”. Los cantares “torpes o deshonestos” fueron terminantemente prohibidos, incluso en privado.

Cualquier canción que denigrase el honor de las personas quedaba sujeta a la consideración de “copla indecente”. Particular atención mereció a las autoridades la tonada “del cundí” que había “lastimado tantos sujetos, créditos y honras”. A cualquier mozo que participase en las cuadrillas le aguardaba una sanción de diez ducados, una cifra alta comparada con las multas establecidas en los Autos de Gobierno anteriores. La misma sanción aguardaba a los padres que consintiesen a sus hijos cantar las coplas. A los que fomentasen las rondas de los mozos se les amenazaba además con la aplicación del Auto Acordado del Consejo de Castilla de cinco de mayo de 1766 y su reducción a “enemigos de la patria y su memoria por infame”.

La pena más grave, la prisión, se reservaba a las mujeres que interpretasen el cundí.

Finalmente, las autoridades amenazaban a quienes criticasen el bando con los castigos reservados a las cuadrillas. (AOH Leg 525)

Los principales destinatarios de las tonadas del cundí fueron los oficios de los cabildos y los miembros de la Iglesia. Algunos eclesiásticos llevaban un modo de vida incompatible con el estado clerical. Sus vicios, impropios de una institución que se presentaba como paradigma de la perfección moral, no podían quedar impunes. El desorden más extendido y escandaloso era el amancebamiento. Algunos curas vivían como si fuesen casados.

No era sin embargo la carne el único pecado. También los había que bebían en exceso, jugaban a los naipes, llevaban armas, traficaban, prestaban dinero y vivían de espaldas a sus obligaciones. Las cuadrillas se convirtieron en el azote de estos comportamientos. Sus miembros eran generalmente rudos hombres de campo que, ebrios de aguardiente, dejaban que desear y eran fácilmente manipulables. Compartían empero la necesidad de cambiar las cosas aunque no alcanzasen a vislumbrar que su lucha contra la sinrazón, menos estética que la de Goya, era igualmente eficaz y destructiva. Por ello las cuadrillas se convirtieron en verdugos sociales que actuaron, sin conmiseración, contra hombres y mujeres “honorables“. Muchos de sus miembros se vieron envueltos por ello en penosos procesos judiciales.

El más conocido fue el que el fiscal eclesiástico abrió a Francisco Caballero Bolaños, cura de Valverde, por vivir con Antonia, su criada, una moza zalameña de treinta años.

Ambos dormían en el mismo cuarto, aunque en camas separadas. Habitualmente salían a pasear los días de fiesta. Habían viajado juntos a Cádiz, Huelva, Manzanilla, La Rábida, Trigueros y aldeas de Valverde. Debido a la oposición de su padre, que comparaba su casa con “una sinagoga”, la sirviente se marchó a Zalamea pero regresó ocho días más tarde. El clérigo salió a recibirla al Pilar y la agasajó con alfajores y bizcochos.

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Las cuadrillas les daban “locajadas” al amanecer y se congregaban en su casa a cantar “las tonadas del cundí”.

Una noche el cura, cansado de sus desmanes, les disparó una perdigonada e hirió a tres mozos. Las autoridades se las vieron y desearon para evitar que quemasen la casa y dictaron un bando prohibiendo, una vez más, las coplas indecentes.

Se han conservado cinco de estas tonadas:

 

El cundí como es tan chulo

Me ha dicho al oído a mí

El vicario no es casado

Pero sí casi sí.

 

El padre vicario quiere

Que no le canten el cundí

Echa a la Antonia de casa

Y así se consigue el fin

 

Un cura trajo a la Antonia

Y otro cura la tomó

Cada cual tenga la suya

Que también la tengo yo

 

El caballo del vicario

Que buena surra merece

Camino de Zalamea

Cayó a la Antonia tres veces

 

Señor padre vicario

Eche Usted la moza fuera

Que el lugar se está abrasando

Y con poquita candela.

 

El cura valverdeño, en un tono culto e ilustrado, rechazó la acusación del fiscal. Durante su confesión, que se produjo en la cárcel de Sevilla, analizó el perjuicio que las coplas ocasionaban “a personas condecoradas de toda condición” y las dificultades con las que tropezaban las autoridades para controlar las cuadrillas. Su confesión fue un alegato del pensamiento ilustrado sobre diversiones populares:

 “En dicha villa ha habido de muchos años a esta parte y se presenta hoy la depravada costumbre de cantar coplas ofensivas a todo género de gentes, sin reserva, ni a los religiosos ni a los propios seculares ni a los justicias y capitulares, ni a las mujeres de honor, sean casadas o doncellas, y ahora con motivo de haber llegado allí una tonadilla que llaman el cundí, que está extendida no sólo por esta ciudad sino principalmente por todos los pueblos y que antiguamente se cantaba, según ha oído decir el confesante, se han excedido aquellos vecinos en tanto desafuero en los expresados cantares indecorosos a la estimación y crédito de todas las gentes que no han tendido forma de contenerlos ni por consejos saludables que les han dado, ni por reprehensiones que han hecho en el púlpito varios predicadores, entre ellos el confesante, ni por repetidos bandos que han publicado los justicias, ni por haber puesto en la cárcel a algunos vecinos por inobediencia.

 Y así es falso que tales coplas se hayan fomentado por el escándalo que se supone dado por el que confiesa pues las mismas o peores cantaban a las demás personas condecoradas de ambos sexos, sin haber dado tampoco motivo para ello, sino por ser propensión de aquellos que naturalmente de este modo satirizan a todos y como ellos son por lo común los que se ejercitan en esto una gente rústica, ociosa y de ninguna crianza y salen por lo común de ellos con más calor … no se paran en lo que cantan ni pueden reflexionar las continuas ofensas que hacen a Dios y los perjuicios que infieren a las personas a los que se dirigen y el uso que tienen en esto es ir de cuadrillas por las calles y se paran donde quieren y se ponen a cantar a las puertas, sea de la calidad que fuere, llevando muchas veces sobre un jumento un pellejo de vino del cual van bebiendo de rato en rato … Los nuevos justicias que han entrado este año han publicado bando muy riguroso prohibiéndolos bajo diferentes penas” (AOH Leg 525).

El largo proceso, más de dos años y más de doscientos folios, tuvo un desenlace inesperado habida cuenta del rigor con el que las autoridades trataban el amancebamiento.

La dialéctica del eclesiástico valverdeño, una acertada defensa, la deserción de algunos testigos del fiscal y los testimonios cualificados de su padre y de los oficios del cabildo, le valieron un pronunciamiento absolutorio y dejaron extendida la sospecha, compartida por el fiscal, de que la acusación había sido inducida por Antonio Ortega, otro cura de la villa, con el que el acusado mantenía abiertas discrepancias.

Había indicios para sospecharlo: Ortega había sido promotor de la actuación del fiscal y nunca había condenado el comportamiento de las cuadrillas. El propio ministerio público lo reconocía: “Nunca ha condenado el vicio, como los demás curas, antes bien ha procurado en cierto modo apoyarlo y defenderlo y los testigos de la sumaria parece que tenían alguna coaligación con él”. (AOH Leg 525)

Necesariamente debemos profundizar en el escrito del fiscal eclesiástico, un alegato de dieciséis folios, una extensión inusual para un trámite que normalmente ocupaba dos o tres, en el que desmontó uno a uno los cargos que pesaban sobre el acusado. Su supuesta “dama” era su prima y por ello lo llamaba, en público y privado, “Frasquito”. Su padre no sólo no la detestaba sino que la había criado como a una hija. Las personas que los habían visto juntos fuera de su casa siempre los habían encontrado en compañía de otras personas y nunca los habían hallado en situación de la que suponer el pecado de la carne.

 Al fiscal, pues, no lo quedaba otra alternativa que pedir su absolución: “Que se absuelva y de por libre al referido vicario, se le conceda licencia para el uso de sus empleos, reservándose su derecho para que use de él como le convenga”. (AOH Leg 525).

La calificación de los hechos no podía pasar por alto el asunto de las coplas. Lo que el fiscal Páez opinaba sobre la cuestión no era diferente de lo que había confesado Caballero Bolaños: “El uso de estos cantares es muy antiguo en Valverde y no se liberan de ellos las personas condecoradas de ambos sexos, ni aun los mismos justicias, y por esta razón padeció mucho el vicario antecesor del actual, sin haber dado causa alguna para ello, sino sólo por motivo del casamiento de una hermana suya … y dos testigos han dicho que desde que tienen uso de razón … han conocido cantarse coplas satíricas e injuriosas … y han oído a diferentes mozuelos cantar con insolencia” (AOH Leg 525).

La actuación de las cuadrillas fue objeto de investigación separada.

 Iniciaban el trámite tres documentos decisivos: Los Autos de Buen Gobierno de 1755, redactados por Montaner y Granado, alcalde y abogado de los Reales Consejos, los Autos de 1773 y el bando al que se ha hecho referencia anteriormente.

Los tres contenían claras advertencias a los mozos para que cesasen en sus excesos: “Que ninguna persona diga ni oiga cantares torpes ni deshonestos, ni eche equívocos provocativos, ni se den cantaleta, ni digan chansoneta, ni sátiras a mujeres, ni las acompañen en las romerías, lavaderos, fuentes … para evitar las graves ofensas que con semejantes motivos se da a la Majestad de Dios y remediar los perjuicios que han experimentado pena de proceder contra los transgresores conforme a lo dispuesto por las leyes de estos Reinos, según las circunstancias del delito” . (AOH Leg 525).

Por incumplimiento de las normas anteriores las autoridades la emprendieron contra los mozos que habían cantado las tonadas en la puerta de Caballero. De hecho fueron encarcelados al día siguiente, situación en la que aún permanecían cuando prestaron declaración ante el instructor del expediente.

Las manifestaciones del herrero Manuel Arroyo y de Antonio Prieto constituyen un testimonio de primera mano para la reconstrucción de los sucesos. La tarde de autos, acompañados de Vizcaíno y García Simón, después de beber en abundancia en la taberna de Ceferino, se sentaron en la Cruz de la calle La Fuente, cerca de la casa del cura, y entonaron el cundí, resultando heridos por los “granazos” de un tiro que atribuyeron al cura.

No fue el único proceso abierto a las cuadrillas. Una nota puesta al término del expediente reseñaba la condena de Pedro García Blanco y Antonio de Lorca por desobediencia a los Autos.

(*) De “Coplas, bailes y fandangos en los confines de Andalucia 1680-1808″. Juan Francisco Canterla González

¡¡Ay, qué bonito !!

Qué bonito sería…

Por ejemplo, saber volar… 

Sería bonito, es bonito, ¡ son bonitas tantas cosas! . Nos empeñamos en mirarnos al ombligo, nos paramos a ver sin querer entender.

En estos días de descanso, de cambio de ritmo y… ¡ de tanta calor !, removiendo archivos me he encontrado con la grabación de una actuación de la que fue la primera hornada de “Triunfitos”, aquella excelente cosecha del 2002 de Operación Triunfo, la de Rosa López, Nuria, Chenoa, Bisbal, Bustamante, etc. etc. .Se trata del programa nº 9 en el que todos, ellas y ellos cantan con Rosario Flores, sintesis de la raza y esencia del arte de “los González Flores” ,  Sirena imponente, consecuencia de la fusión entre Faraona y Pescailla con Antonio Gonzalez por la femoral. 

Una a una, primero ellas, le van cantando a Rosario para tras, una “puesta en suerte”  central de Rosariyo, pasarle los trastos a ellos… y todos a coro… cantarle ” Qué bonito seria…” .

¡¡ AY, QUÉ BONITO !!

ABRIL de SEVILLA

” ¡Ah, jardín sombrío, fresco y apacible como un idilio clásico!

Allí, en el silencio discretísimo, bajo la fronda perfumada de los naranjos y laureles, flotan aún, como rumores de la arboleda, con todo el aroma de las violetas entreabiertas, los sagrados versos de Herrera y Arguijo, las estrofas de Lope, las frases de Cervantes, los entusiasmos de Pacheco… el espíritu artístico de aquella generación que nos dio el siglo de oro y que pasó por las hospitalarias estancias de la Casa de Pilatos.

Por ese mundo desaparecido, por esa generación esplendorosa, convertida en polvo, por aquel ideal nutrido con la savia clásica, parece que siguen orando las estatuas tristes, serenas, piadosas, envueltas en un manto de augusto dolor, arrodilladas en aquel solitario rincón, al que sólo llega la canción amorosa de los pájaros”. (*)

” y rematando la pila de mármol, lustrosa y fría, un Jano

humorista enseñando al cielo su doble mueca de divina ironía

de sagrada burla…” (*)

José Nogales. Valverde 21-10-1860 Madrid 7-12-1908.

(*) JOSÉ NOGALES . El Liberal, Sevilla, 14-07-01

“El maestro del Santo”

Llegó a Valverde, desde su Encinasola natal,  a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo de la mano de Manuel Vázquez Batanero, contratista de numerosas obras públicas de aquellos penosos años previos a los “acuerdos de amistad hispano americano”.

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Llegó para quedarse para siempre, conformaba el núcleo central de la coordinación y ejecución de la obra de la Ermita, nuestra Ermita del Santo en los diez años que duró su construcción.

Recuerdo su imagen de hombre rudo, más bien delgado, afable.De cara curtida por el sol, afeitado pulcrísimo.  De uniforme siempre, con su gorra negra, chaquetilla abotonada hasta arriba y pantalón crudos.El cigarro no se le caía de los labios nunca.

Con el fondo sonoro de la banda Municipal de Valverde y las imágenes de la exposición realizada por mi primo Andrés Bruno Romero Mantero con motivo de la presentación del proyecto del Retablo cerámico para la Ermita, en el 2013 y  a punto ya  de concluirse en una realidad,he querido hacer este homenaje al maestro José y en el a todos los que bajo su batuta llevaron a feliz término esta gran Obra, orgullo de Valverde y de todos los “Negros”.

Una obra singular

Enrique Pérez Comendador (1900-1981), nacido en Hervás (Cáceres) aunque muy vinculado a Sevilla en donde impartió clase de modelado, fue un escultor que en su obra, la imaginería religiosa no ocupó un lugar preminente. De ahí que la talla del Crucificado de nuestro pueblo adquiera mayor singularidad e interés.

La escultura monumental adquiere un peso importante en la amplia trayecto-
ria artística de Enrique Pérez Comendador. Desde sus tempranos encargos y concursos en Sevilla y Extremadura, hasta una madurez en la que, desde una posición privilegiada, realiza obras de gran entidad para España y América.

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En Sevilla tenemos muestra de ello. La primera intervención de Comendador, con tan sólo 22 años,  en un conjunto monumental forma parte de un proyecto colectivo, junto a Joaquín Bilbao, Agustín Sánchez Cid, José Lafita y Adolfo López, reunidos por el diseño del arquitecto Juan de Talavera. Se trata del monumento a San Fernando en Sevilla, para el que el artista realiza en 1922 la estatua de Alfonso X el Sabio. Es una figura elegante, con un leve contraposto y cuya verticalidad se acentúa por la presencia de una imponente espada; los detalles están muy cuidados, destacando la estudiada posición de las manos.

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En 1928, y en el marco ya de la Exposición Iberoamericana, Comendador realiza para Sevilla el monumento a la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón, ubicado en el magnífico parque que había donado a la ciudad y lleva su nombre. Ejecutada primero en piedra y con posterioridad en bronce, fue una obra bien remunerada.

La figura, solemne como una matrona romana, con la única concesión de una rosa en la mano, descansa sobre un sencillo pedestal de apenas un metro de altura.

Monumento de doña Luisa de Orleans en el Parque de Maria Luisa

También vinculadas a la Exposición Iberoamericana de 1929 se encuentran las dos figuras femeninas que bajo un triple arco flanquean la escultura alegórica de España firmada por Manuel Delgado Brackembury en la Puerta de San Diego (delante del restaurante “La Raza”, mirando a la Glorieta del Cid Campeador) a la entrada del Parque de Maria Luisa . Son dos alegorías, que fueron concebidas por Comendador como La riqueza espiritual y material de Sevilla, y rebautizadas por un periodista como El Cielo y la Tierra de Sevilla, nombre con el que han pervivido. La primera sostiene en su mano una versión de la Inmaculada de Martinez Montañez, como referencia al esplendor del arte sevillano; su postura, algo afectada, deja traslucir con los paños mojados un desnudo de formas rotundas, mientras los rasgos del rostro remiten al arcaísmo griego y el arte etrusco.

El Cielo de Sevilla

Pendiente siempre a la convocatoria de cualquier concurso publico de importancia  que se convocara, en los que se movía como pez en el agua. Durante la República optó al concurso para el monumento a Pablo Iglesias en el madrileño Parque del Oeste, ésta era una iniciativa de gran envergadura. A ella acude en colaboración con el arquitecto Luis Moya, con un sorprendente proyecto, de gigantescas proporciones, destinado a alcanzar los 22 metros de altura y albergar en su interior una biblioteca con 38 plazas.

Pablo Iglesias. 1932.4

No hacía asco a nada y participaba, como ya hemos comentado en todo concurso fuera del signo que fuese. Ya en Roma, 1934,  realiza el boceto para el monumento a los aviadores Barberán y Collar, que surge ese mismo año.

Tras su llegada a España, 1941,  se suceden algunas obras religiosas, retratos y proyectos diversos, obras menos ambiciosas, como el retrato de Francisco Rodríguez Marín en Osuna de 1943, sí se verían culminadas. Las representaciones en bronce de Hernán Cortés, Vasco Núñez de Balboa y Pedro de Valdivia se exponen en el Museo de Bellas Artes de Badajoz, y la de Francisco Pizarro en la Diputación de Cáceres.

Otro aspecto hasta ahora poco conocido es el intento de Comendador de participar en la obra escultórica de la Cruz del Valle de los Caídos.  Es un boceto para el basamento de la cruz, cubierto en su totalidad por un friso con relieves; junto a esta pieza se conservan una media figura, coronada y con un cáliz, que representa posiblemente al evangelista San Juan, o quizás un profeta, además de una ampliación del busto a una escala mayor.

Estatuas ecuestres que tendrán una gran relevancia en la proyección nacional y americana de Enrique Pérez Comendador; Hernando de Soto, Pedro de Valdivia, la de Franco en Gijón y los bocetos con sólo el caballo terminado de Queipo de Llano que nunca llegó a realizar.

El último monumento que recojo en la trayectoria de Pérez Comendador es el relieve monumental dedicado al maestro Jacinto Guerrero en el Paseo de la Rosaleda en Toledo, realizado en 1976 e inaugurado el año siguiente.

Enrique Perez Comendador

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 13.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 5 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

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